No hay dos manchas de vejez iguales


 Todos los ancianos tienen un aire de familia, ¿no os parece? Con la edad, las facciones tienden a perder definición y uniformizarse, como bajo una gigantesca manta de cuadros, y nos volvemos andróginos, o, mejor dicho, los caracteres sexuales secundarios se vuelven puramente exteriores: permanente (ellas) versus pana (ellos). ¿Quién no ha confundido alguna vez a una desconocida con su propia abuela? ¿Acaso no los llamamos "abuelo" a todos, indistintamente? ¿No decimos "nuestros mayores", como si fuesen un patrimonio colectivo del cuerpo social? De hecho, los tratamos como una extensión de nosotros mismos ("¿cómo estamos hoy?", "¿hemos hecho caca?", etc.), un apéndice cuyo sentido parece haberse perdido, como los pezones de hombre. Hay quien dice que esta tendencia a la indiferenciación en la tercera edad es una treta adaptativa para que, cuando mueren (Dios no lo quiera), no nos dé tanta lástima: "Sí, se ha muerto el abuelo, pero mira a ese señor que está cruzando el paso de cebra, es idéntico".

 No, no, esta idea es repugnante. Prefiero pensar que no hay dos manchas de vejez iguales.

2 comentarios:

  1. La mancha de la resignación...el principio del fin.

    ResponderEliminar
  2. Pensé que después de "El efecto DiCaprio" os animaríais a seguir haciendo vídeos de cierta calidad, pero no, veo que volvéis al nivel de antes, a la estética tristona y fea de telesketch. Habéis perdido un seguidor.

    ResponderEliminar