El discurso acabó hace dos horas, pero siguen aplaudiendo


 Discurso de Stalin, 1937. Nadie se atreve a ser el primero en dejar de aplaudir para no ofender al Padre de los Pueblos (y acabar comiéndose los zapatos en Siberia). Todas las épocas necesitan a un Moisés que decida partir en dos ese mar de aplausos y nos permita volver a casa.

 ¡Ah, se me olvidaba! En los conciertos suele haber un momento participativo en el que el cantante hace el gesto de dar palmas ("¡Vamos, chicos, dadnos un poco de ritmo! ¡Ayudadnos a hacer música esta noche!"), y muchos obedecemos un rato, le seguimos la corriente hasta que nos damos cuenta de que nadie más lo está haciendo y estamos haciendo el ridículo (tú no eres músico, y él no está dirigiendo una orquesta, parad ya esa mascarada), además de estropear la canción palmeando a destiempo. Habría que hacer otro vídeo sobre la primera persona en los conciertos que decide que ya está bien de hacer "plas, plas, plas, ¿lo estoy haciendo bien, capitán?".

 Yo no sería esa persona: siempre he sentido una responsabilidad desmedida en los conciertos; siempre he creído que, cuando el cantante mira al público en general, me está mirando a mí (consiguen seguirte con la mirada, como la Gioconda); siempre quiero que el grupo se sienta querido, escuchado, arropado por el público español, etc.; y si el cantante hace alguna bromita en inglés, tipo "gracias, hehehe, this is the only thing I know how to say in spanish", me río como si me lo estuviese diciendo a mí personalmente, a veinte centímetros de la cara, porque entiendo un poco el inglés y no quiero que el chiste caiga en oídos sordos y parezca que lo estamos desdeñando; y si nos piden que cantemos el tema estrella del álbum, lo coreo como puedo, con la espalda empapada de sudor; y, naturalmente, si nos pide que demos palmas, yo lo hago, sujeto la canción a pulso como un Atlas del puto ritmo, y doy palmas hasta que deje de sonar la última nota, aunque sea el único en hacerlo. Soy todo lo contrario de ese héroe anónimo.

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