El año del dragón

Aparecí en una extraña habitación blanca.

 «¿Qué echarán en la TV?», inquirí.

«¡Nada!», exclamé, eufórico.

 Mientras tanto, los chicos del Canódromo Abandonado se dedicaban a montar su primer largo y a entrevistar a una serie de individuos con su personalísimo sentido del humor. Todo indicaba que 2013 iba a ser un buen año. Un jodidamente buen año en el mejor de los mundos.

La tumba de Brandon Lee: Especial verano

 
La tumba de Brandon Lee: Martín

 La tumba de Brandon Lee: Cuando sale el clown

 La tumba de Brandon Lee: Alejandro

«La tumba de Brandon Lee»

  Anoche hubo programa doble en la ciudad y te lo perdiste:



  ¡Eh! ¿Cómo que la tumba de BRANDON? ¿Qué pasó con el padre? ¿Qué habéis estado haciendo en Seattle con mi dinero? Tranquilo, lo de ayer era aparte; La tumba de Bruce Lee estará pronto. Pero mientras, hablemos del padre justamente, hablemos de pies. Anoche enseñamos un adelanto de una serie documental que lleva tiempo haciéndonos luz de gas. Se llama La tumba de Brandon Lee, y va de esto:



  Y me dirás, con los labios amarillos del sarcasmo: ¿Por qué los pies de padre? ¿Qué tienen de tan especial? Bueno, yo no he hablado en ningún momento de «pies de padre». Eres tú el que lo ha dicho. Tú sabrás por qué.

  Gracias a Teresa Arroyo por hablar sin pudor, a Javi Tolosa por la viñeta promocional y a Pablo Hernández por dejarnos formar parte de El cabás. Sois todos bien.

Gálvez ahorraba para nosotros en la distancia

 La mieditis de un apuesto extranjero protagonizó nuestro show de anoche en el Picnic Bar, «¿Por qué Aaron le tiene tanto miedo a la muerte?». Leímos un poco de Douglas, nos adentramos de lleno en la dimensión Gálvez (donde cada fotomontaje es un jeroglífico de muerte, y cada píxel una escama), un cantor perturbado hizo de Aaron su bocio, y presentamos varios proyectos abortados, entre ellos un aplaudido Power Point sobre la primera temporada del thriller empresarial La hipnotizadora calva. ¡Atención, en octubre la segunda temporada!

 ¡Oh! No dejéis de mirar la secuela-complemento a La semilla del ahorro: un riguroso análisis de la crisis de la eurozona y el primer vídeo multidivisas de todos los tiempos. El gesto del ahorro como arma de doble filo: ¡vas a quedarte sin dedos de tanto frotarlos, Europa!

En versión euro: ¡juntos podemos salir de ésta!

También en dólares. ¡Bajaos de la mesa, chicos!

¿Y ahora en YENES? ¿Qué será lo próximo? ¿Chelines?

 Ya no más divisas, os ha quedado perfecto así.

 Podéis echar un vistazo a algunas cosas que enseñamos anoche en nuestro aclamado Tumblr, el Tumblr de Bruce Lee. Y no os olvidéis de que seguimos necesitando vuestro dinero para comprarnos más billetes exóticos. 

¿«La tumba de Bruce Lee»? ¡Parad ya de soñar!

 Llevamos un año haciendo vídeos, ¿te das cuenta? Un año boxeando con helechos en antesalas menguantes. Un año tarareando slogans corporativos con caretas pixeladas. Un año dipeando hasta la muñeca en el espanto.

 No digo que no haya sido positivo el balance, que quede claro; estuvo muy bien todo eso. Pero ahora ha llegado el momento de oxigenarnos. Ha llegado el momento de apuntar a lo más alto y volar a Hollywood. No el Hollywood geográfico de los niños operados, ojo, sino el metafórico, el Hollywood consistente en hacer películas. El Hollywood al que puedes ir descalzo porque está en todas partes. Por ejemplo, agazapado detrás de la tumba de Bruce Lee.

 Empieza la cuenta atrás. En agosto los chicos de Canódromo Abandonado vuelan a Seattle para hacer su primer largo, la primera Bruceploitation española de todos los tiempos mientras nadie diga lo contrario. La única pega es que les falta dinero. Les falta tu dinero. Nos hemos apuntado al carro del crowdfunding y buscamos nanomecenas, gente joven como , dispuesta a abrirnos su monedero a cambio de jugosas recompensas. AQUÍ puedes averiguar de qué va el proyecto. ¿Estás dispuesto a apostar? ¿Qué haces que no brindas?

 ¡Oh! Y hemos grabado un teaser recaudatorio con Miguel Noguera. Miguel se portó muy bien con nosotros. Nos habló de los pufs en el cine mudo y de Juan Hombre, por poco no nos rompe la cara brindando, y no rechistó cuando le servimos un zumo en un vaso cochambroso. Estaba realmente sucio. Miguel: te estamos total, tierna y trágicamente agradecidos.

 ¿Y ahora qué tal si le echamos un vistazo a esto?

 

(el) Baile con el diablo

 Nos habíamos prometido no volver a hacer vídeos sobre cosas que no sabemos. Pudimos informarnos mínimamente sobre este libro, ¿quién nos lo impedía?, pero YA SABÉIS CÓMO SOMOS. Cogimos el título, y, atando cabos sueltos, nos pareció que igual la historia podía ir de...


 Ésta es nuestra reseña de El baile con el diablo, lo último en términos de novela de bolsillo de todo un mago del celuloide. Éste es nuestro castigo. Ahora somos tres muñequitos de Douglas, tres amigos atascados en un bucle infinito de píxeles y diminutivos, un nudo de pajarita de Moebius. «¿Quién ríe ahora?», parece decirnos el guaperas desde su cuadradito rojo.

¿Brindis con abejas? ¡Bravo!

 Anoche Julio Falagán nos dejó intervenir con abejas en la clausura de su exposición Un paso más y estás muerto, en la galería 6mas1. ¡Gracias por el espacio y el vino, gracias a todos por venir a brindar con nosotros! Estoy flexiseguro de que conseguimos justificar nuestra presencia en el madrileño espacio: contamos sueños premonitorios, pusimos morritos de abeja y cantamos una canción punitiva sobre algo tan nuestro como es el brindar. ¡No, definitivamente no somos unos impostores! ¡Somos creativos, y supimos aprovechar ese chance de crecer juntos! El caso es que comulgamos con caca con la obra de Julio (algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo gritado), aunque Collado nos la jugó quemando nuestros pendrives con un mechero y no pudimos escuchar tan bien algunos audios. Bueno, no es tan grave: habrá más oportunidades, ¿eh? ¿EH? 

 También enseñamos un par de vídeos nuevos, aunque realmente todas las miradas estaban puestas en un punto ciego a treinta centímetros sobre nuestras cabezas:


Segundo capítulo de Las reglas de Klaus. ¡Nuevo!

Piloto de Brindis con abejas. «Así que "piloto", ¿eh? ¿No me digas que vais a volver a desplegar esa tela verde?»

Celebrando nuestros mejores brindis en lo que va de 2012

 Bueno, ¿qué? ¿Brindamos? El mes que viene averiguaremos en directo por qué Aaron le tiene tanto miedo a la muerte. ¿Vais a esperar a que os lo cuenten?

No hay dos manchas de vejez iguales


 Todos los ancianos tienen un aire de familia, ¿no os parece? Con la edad, las facciones tienden a perder definición y uniformizarse, como bajo una gigantesca manta de cuadros, y nos volvemos andróginos, o, mejor dicho, los caracteres sexuales secundarios se vuelven puramente exteriores: permanente (ellas) versus pana (ellos). ¿Quién no ha confundido alguna vez a una desconocida con su propia abuela? ¿Acaso no los llamamos "abuelo" a todos, indistintamente? ¿No decimos "nuestros mayores", como si fuesen un patrimonio colectivo del cuerpo social? De hecho, los tratamos como una extensión de nosotros mismos ("¿cómo estamos hoy?", "¿hemos hecho caca?", etc.), un apéndice cuyo sentido parece haberse perdido, como los pezones de hombre. Hay quien dice que esta tendencia a la indiferenciación en la tercera edad es una treta adaptativa para que, cuando mueren (Dios no lo quiera), no nos dé tanta lástima: "Sí, se ha muerto el abuelo, pero mira a ese señor que está cruzando el paso de cebra, es idéntico".

 No, no, esta idea es repugnante. Prefiero pensar que no hay dos manchas de vejez iguales.

El discurso acabó hace dos horas, pero siguen aplaudiendo


 Discurso de Stalin, 1937. Nadie se atreve a ser el primero en dejar de aplaudir para no ofender al Padre de los Pueblos (y acabar comiéndose los zapatos en Siberia). Todas las épocas necesitan a un Moisés que decida partir en dos ese mar de aplausos y nos permita volver a casa.

 ¡Ah, se me olvidaba! En los conciertos suele haber un momento participativo en el que el cantante hace el gesto de dar palmas ("¡Vamos, chicos, dadnos un poco de ritmo! ¡Ayudadnos a hacer música esta noche!"), y muchos obedecemos un rato, le seguimos la corriente hasta que nos damos cuenta de que nadie más lo está haciendo y estamos haciendo el ridículo (tú no eres músico, y él no está dirigiendo una orquesta, parad ya esa mascarada), además de estropear la canción palmeando a destiempo. Habría que hacer otro vídeo sobre la primera persona en los conciertos que decide que ya está bien de hacer "plas, plas, plas, ¿lo estoy haciendo bien, capitán?".

 Yo no sería esa persona: siempre he sentido una responsabilidad desmedida en los conciertos; siempre he creído que, cuando el cantante mira al público en general, me está mirando a mí (consiguen seguirte con la mirada, como la Gioconda); siempre quiero que el grupo se sienta querido, escuchado, arropado por el público español, etc.; y si el cantante hace alguna bromita en inglés, tipo "gracias, hehehe, this is the only thing I know how to say in spanish", me río como si me lo estuviese diciendo a mí personalmente, a veinte centímetros de la cara, porque entiendo un poco el inglés y no quiero que el chiste caiga en oídos sordos y parezca que lo estamos desdeñando; y si nos piden que cantemos el tema estrella del álbum, lo coreo como puedo, con la espalda empapada de sudor; y, naturalmente, si nos pide que demos palmas, yo lo hago, sujeto la canción a pulso como un Atlas del puto ritmo, y doy palmas hasta que deje de sonar la última nota, aunque sea el único en hacerlo. Soy todo lo contrario de ese héroe anónimo.

No todo sobre DiCaprio

 Según la persona llamada Lacan (El seminario XX, "Aún"), la mujer es "no-toda", es decir que su goce no está enteramente sometido al régimen fálico (el "ya está", "ya acabó mi órgano de gozar", ¿eh, chicos?), y por eso es fundamentalmente ilocalizable, parcial, no-totalizable, estructuralmente inacabado: "¿Y esto era todo?", ¿eh, chicas? No, nunca será "todo", pleno; siempre faltará un "algo", ese oscuro resto que causa el deseo y con el que el deseo está condenado a no coincidir jamás, a seguir intentándolo siempre – "aún" – una vez más, como en este vídeo de lametones tántricos y restos inalcanzables que hicimos hace unos meses y del que acabo de acordarme:


 Pero ¿sabéis qué otra cosa es "no-toda"? ¡¡El festival de cortos por ordenador Notodofilmfest patrocinado por el whisky Jameson!!


 Este año los chicos de Canódromo Abandonado se han propuesto colapsar la web corporativa de Notodojameson colgando un montón de vídeos interrelacionados. Todos giran alrededor de un mismo punto ciego: la figura del actor Leonardo DiCaprio, que, como el sol y la muerte, no puede ser contemplado fijamente. Ésta es la historia excepcional de un trío de creadores de contenidos on-line que decidieron apostarlo todo a un caballo ganador. Aquí van los vídeos, por orden cronológico:

 Consejo navideño sobre ser uno mismo, o cómo un ambicioso niño llamado Leonardo aprendió a convertirse en el que era gracias a un allanador descalzo:


 Leonardo DiCaprio, de niño prodigio a estrella madura, donde un internauta que ya debería empezar a sonarnos repasa la filmografía del popular intérprete californiano:


 Looking for my cat, o la triple aventura de un reportero, una seguidora de DiCaprio y un oficinista hirsuto, que tapearán al límite en la FNAC mientras la humanidad en tacones llora a sus gatos:


 Leonardo DiCaprio. Interior. Noche, o las tretas de las estrellas del celuloide para atrincherarse en lo más íntimo de sí mismas y huir de nosotros:


 El efecto DiCaprio, un making-of exclusivo del vídeo inédito que propulsó a nuestros samuráis del ocio sobre la escena internacional de Internet a lomos de un caballo llamado DiCaprio. Soñaron con ver un día su cara estampada en un jersey, y puede que hoy estén más cerca que nunca de conseguirlo:


 Y, por último, Lo que viene a ser viajar en el tiempo, un divertimento aislado sobre los cortos de paradojas temporales y demás:


 Gracias al whisky Jameson por darnos esta oportunidad y al agente de Leonardo DiCaprio por contestar a todas nuestras preguntas mientras preparábamos los guiones.

"¿Es una dulce dama? ¡Una fiera!"

 Llevo varios días atascado en una frase. Es de una novela del oeste:


Ésta es la frase:

Y cuando la joven dio por finalizada su actuación, la muchedumbre ingente que le había escuchado en el más respetuoso de los silencios, provocado por una sincera admiración y placer; irrumpieron en gritos salvajes y admirativos, expresando de esa forma el delirio alocado que se había apoderado de todos, ante la interpretación admirable de unas canciones maravillosas.

¿Es una dulce dama? ¡Una fiera!, Marcial Lafuente Estefanía, p. 51

 Sinceramente, no sabría decir si está “bien” o “mal” escrita; es el primer libro que leo y no tengo opiniones sobre la literatura en general, menos aún sobre lo “bueno” y “malo” en cuanto a libros1. Lo que me ha estado obsesionando, ahora lo empiezo a comprender, es el detalle de la sinceridad en masa, me refiero a la "sincera admiración y placer" de la "muchedumbre".
 La joven (se llama Maisy Power, ha viajado a Kansas desde Boston para encontrar a su hermano, acaba de estrenarse como cantante en un sórdido local) la joven ha cantado admirablemente, y la “muchedumbre” agolpada en el saloon – un público de vaqueros, gente ruda y en principio poco respetuosa – la ha escuchado en silencio. ¿Por qué? Porque ha admirado, y ha gozado, sinceramente, es decir que no estaba fingiendo ni siendo irónica2. Pero cuidado: Estefanía no dice que los vaqueros – que todos y cada uno de ellos, por separado – estaban siendo sinceros en su “admiración y placer”, sino que la muchedumbre estaba siendo sincera, la muchedumbre como tal: hubo sinceridad en masa, y no – por ejemplo  ironía grupal.
 Ahora bien, ¿cómo puede ser sincera, o irónica, una muchedumbre como tal? ¿Tendría sentido, por ejemplo, decir: "Los asistentes a la función – unas seiscientas personas – guiñaron irónicamente"? Era un público culto, desde luego, un público operístico y aficionado a la ironía; pero ¿cómo pudieron guiñar simultáneamente3? ¿Y, sobre todo, cómo pudieron ser irónicos simultáneamente? En realidad, puede ocurrir; las probabilidades de que seiscientas personas ironicen a la vez sobre una ópera lamentable son muy remotas (también van muchos imbéciles a la ópera), pero puede ocurrir. Lo que sí no puede ocurrir en ningún caso, me parece, es que el público como tal guiñe irónicamente.
 ¿Cómo puede sincerarse o ironizar o emocionarse en general una masa? La masa, es decir, no los componentes de una multitud uno por uno, sino la suma abstracta de todos. Pensemos en esos funerales amañados al estilo soviético: "La muchedumbre lloraba al dictador", "El pueblo palideció y, llevándose las manos a la cara, rompió a llorar". No, suena extraño que un pueblo – y no cualquier pueblo, sino el pueblo – pueda palidecer (¿con qué piel?) y llevarse las manos a la cara (¿con qué manos?) por la muerte del dictador, por mucho cariño que le tuviesen al fin y al cabo. Entiendo que cuando una muerte reúne a un montón de personas, cada una de ellas, el 100% incluso, esté triste por su cuenta, a título personal, pero ¿y el montón? ¿No están precisamente para eso los funerales, para decir: “La colectividad como tal no llora, sólo gestiona y gesticula”? ¿Y qué pasa cuando estalla una bomba o un sistema y “la sociedad sale a la calle a manifestar su repulsa” o “su indignación”? No, pero hubo un estallido, y eso creó un cortocircuito extraño entre el uno (quienes se asquean concretamente) y lo múltiple (su enumeración abstracta). El otro día un capitán de barco se comportó como un cobarde y avergonzó a la sociedad italiana, por ejemplo, a la totalidad de la sociedad italiana como tal: "La vergüenza le cortó la respiración a la totalidad. Parecía no sólo como si todos y cada uno de los miembros de la totalidad se hubiesen tragada una mosca, sino como si la totalidad como tal se hubiese tragado una mosca”.
 Y sí, ya sé que Estefanía habla de un estado de enajenación (un "delirio alocado" se ha "apoderado" de los vaqueros), un estado prácticamente animal o "salvaje"4, pero me cuesta entender que haya ironía o emoción o razón o locura de algo tan abstracto como una “muchedumbre”. Lo siento, pero igual que la materia inerte no tose, y la carroña no piensa, no tiene sentido decir que una muchedumbre se sincera.
 Quitando esto, que sigo intentando comprender, la novela me está gustando. Vuelvo a decirlo, es ésta:


1. Sé, por ejemplo, que un buen escritor evitaría usar "admiración", "admirativos" y "admirable" en la misma frase (pero tampoco evitaría a toda costa repetirse, cambiando por ejemplo, sistemáticamente, "dijo" por "balbuceó", "rezongó", “masculló”, etc.). También sé que los errores gramaticales y de puntuación ("la muchedumbre", etc., punto y coma, "irrumpieron", ¿quiénes?, "la muchedumbre”, “la muchedumbre ingente que le había escuchado", ¿a quién?, a ella, a "la joven", etc.) no tienen que ver con la calidad estrictamente literaria de un texto, así que olvidémoslo, fuera.
2. Pensemos en un silencio irónico: “Había algo en el silencio que me hizo comprender que estaban callándose irónicamente”, sí, puede ocurrir, silencios con distintas texturas, “un silencio cómplice” por ejemplo, me suena haberlo oído; es más difícil imaginar una admiración o un placer irónicos, pero no nos entretengamos.
3. Otra pregunta: si todos guiñan – y siempre guiñamos para alguien, alguien que no queremos que nos tome por un imbécil –, ¿para quién están guiñando? Claro, ninguno sabe que todos los demás está guiñando. Pero si alguien lo supiera, sería precisamente ése para quien todos estarían guiñando en caso de que también lo supieran.
4. Este versus lejano oeste, Boston versus Kansas, poesía versus ganado, etc. Los vaqueros son despreciables, pero aquí se muestran capaces de respetar una maravillosa canción: todos tenemos en nosotros un este y un lejano oeste. Lo curioso es que, al mismo tiempo, les gane la locura (¿al mismo tiempo? ¿no era justamente después de la actuación? Recuerda: primero silencio respetuoso, locura reprimida, luego bramidos, locura desatada, nada de aplausos de público civilizado de ópera). No importa: los vaqueros reaccionan salvajemente ante algo que al mismo tiempo respetan. ¿Cómo es posible esto? Aquí nos adentramos en el terreno de lo sagrado, y prefiero mantenerme al margen.