I saw the devil

 Hay un vídeo en Internet sobre lo que nos está pasando, una charla de divulgación económica con ronda de preguntas. Todo fluye, todo muy competente hasta que ocurre esto:


 Me refiero a esto:


 La señora se tapa los oídos, y, acto seguido, prácticamente sin interrumpir ese primer gesto, cerrándolo en cierto modo, decide atusarse el pelo. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué nos hemos perdido? Hay varias posibilidades:

 1. Control de daños – Sencillamente, se ha despeinado un poco al llevarse las manos a los oídos (es probable, de hecho, que venga del peluquero, que se peinara expresamente para el evento). No se hable más: una peinada rápida y listos. Tampoco hay que descartar que se haya obstruido los oídos con un mechón de pelo al tapárselos: el segundo gesto sería entonces de apartar, más que de atusar. En todo caso, es la explicación más decepcionante.

 2. Coincidencia – La señora ya tenía la intención de atusarse el pelo; el sobresalto no fue más que el pretexto, el incentivo extra que precipitó el atusar: "Puesto que ya tengo las manos a la altura del pelo, aprovecho y me lo atuso. Me lo han puesto a huevo". O quizá – menos creíble esto – el acto involuntario de tocarse el pelo le recordó que tenía intención de arreglarse el peinado. Pero no, ¡no!, ¿cómo se puede olvidar algo así? Precisamente, cuanto más insignificante es algo, más difícil de olvidar (¿"Me olvidé de toser"? ¡Venga ya!).

 3. Disimulo – Alguien puede haber visto que se ha asustado con el ruido y finge que se estaba atusando el pelo ("asustar", "atusar": naturalmente, ella no es consciente del juego; es el propio lenguaje quien juega a través de su cuerpo), finge que no había estado haciendo otra cosa que atusar desde el principio. Salvar las apariencias, reescribir la historia en tiempo real para darle un sentido más halagüeño, como cuando nos tiramos un pedo y, acto seguido, carraspeamos. El segundo gesto es prácticamente idéntico al primero (adoptar la apariencia del enemigo para neutralizarlo mejor, hacer que lo confundan con uno mismo), aunque tiene un sentido radicalmente opuesto (actuar como un autómata vs. ser plenamente dueño de sus actos): una especie de parodia inversa. Pero ¿por qué "más halagüeño"? ¿Qué tiene de vergonzoso sobresaltarse? Bueno, hay algo humillante en todo acto inconcluso*, y un acto reflejo es un acto estructuralmente inacabado: no en el sentido de quedarse a medias, sino de empezar a medias, como continuación de un acontecimiento no iniciado por nosotros. ¿Acaso somos las mascotas de nuestro cuerpo? ¡Claro que no! Nada más natural que intentar inyectar algo de sentido a lo involuntario, algo de intencionalidad a posteriori, ¡qué coño!

 4. El mal – El segundo gesto también era un reflejo: estamos ante un reflejo doble, estratificado, un doble automatismo. Cada vez entiendo menos: el reflejo de tapar lo comprendo, pero ¿y el de atusar? ¿Se atusa el pelo por nerviosismo? ¿Remolonea en el sobresalto? Puede ser. ¿O quizá se trata de un extraño mecanismo primitivo, de ésos que una aprende de la madre, ésta a su vez de su madre, etc.: "Ante el peligro, arreglarse el pelo, el pelo es lo primero, el pelo es lo último que queda, el pelo es el alfa y el omega"? Bueno, pero ¿qué peligro? Tiene que ser algo infinitamente más aterrador, algo más antiguo y envilecedor que el simple "me voy a quedar sordo", ¿pero el qué? No puedo quitarme de la cabeza la impresión de que la mujer ha visto al diablo. Fijaos, el culpable del sobresalto – irónicamente, el encargado de pasar el micrófono entre el público – tiene algo demoníaco:


 No olvidemos que uno de los nombres del diablo es "Satanás", es decir "el adversario", "el que obstaculiza", o, en términos modernos, "el saboteador"; y no hay sabotaje más eficaz que el que se hace desde dentro, cuando el mal simula ser el bien (en este caso, el mediador, el que pasa el micrófono) para desacreditarlo mejor, convertirlo mejor en simulacro de sí mismo. Porque ¿qué vale lo bueno cuando se parece tanto a lo malo que no hay forma de distinguirlos? Antes lo vimos: adoptar la apariencia del enemigo para neutralizarlo, carraspear para enmascarar el pedo, y, en el caso del mal, convertirse en el bien si hace falta (no fingir serlo, serlo de verdad: el simulacro puede convertirse en lo que le salga de los huevos sin por ello dejar de ser él mismo) para echarlo a perder desde dentro. Pues bien, ha funcionado: la señora reacciona ante el mal actuando como él, disfrazando su sobresalto de apaño cosmético: adoptar la forma del otro para que lo confundan con uno mismo, en vez de reconocer sin pudor: "¡Qué coño, claro que me he asustado, como todo el mundo!". Esa vitalidad repulsiva que se nutre de su propia pérdida en el otro, ese mutar en el contrario para perderlo son precisamente los del capitalismo, cuando parece identificarse tanto con la democracia parlamentaria que ya no hay forma de separarlno, no, ¡no vayas por ahí!

 La tipa ha visto al demonio, ahora lo sé. De ahí que se lleve las manos al pelo: "Gracias a Dios, no está ardiendo". Aquí vemos al tipo tendiéndole el micrófono unos minutos antes del incidente. Cuánto sarcasmo:

 

 * Ya os ha pasado esto: tendéis la mano hacia un objeto y os dais cuenta sobre la marcha de que en realidad no era lo que necesitabais. Es tarde para volver atrás: no podéis dejar el gesto a medias, ni coger el objeto y soltarlo inmediatamente, como si os hubierais quemado (esto sólo lo haría un loco): alguien podría estar mirando y reírse de vosotros, una vez más. Y no hay nada más humillante que retractarse delante de un desconocido, nada en absoluto. Igual ni siquiera hay alguien mirando, pero da lo mismo: basta con esa posibilidad. La única forma de rectificar el tiro es errar hasta el final, errar queriendo: cogéis el objeto, por ejemplo un bolígrafo, lo giráis un par de veces haciendo como que lo miráis (¡lo estáis mirando, pero hacéis como que lo miráis!), ponéis cara de que, al fin y al cabo, no os interesaba tanto, y sólo entonces volvéis a dejarlo en su sitio. ¿Era necesaria esa pantomima? Claro que sí. Repito: siempre hay alguien dispuesto a reírse de vosotros. Cuando no es en carne y hueso, es on-line, y cuando no, es esa otra mirada en general que no se corresponde con nadie en concreto, ese "otro del otro" que te mira siempre por encima del hombro como diciendo: "Cuidado, no me falles ahora, te estoy observando".

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