Me salo los globos

 Última voluntad del moribundo: pide que le salen los ojos, pide globos en salazón. Le horroriza la visión anticipada de sus ojos en descomposición, fundiéndose bien despacio en la tumba como babosas al sol. Le horroriza imaginarse en cuencas, y piensa que, si la sal conserva los peces, lógicamente también le conservará a él los ojos.

 Pero ¿cómo que "visión anticipada"? ¡Cómo va a ver él sus propios ojos, y más estando muerto! Además, la sal también funde, ¿no? Pensad si no en lo que hace con el hielo y la nieve; pensad en las asociaciones posibles: "globos oculares", "globos de nieve", "mirada de hielo" (esto último está algo traído por los pelos, pero estamos hablando de un moribundo, un tipo asustado y dispuesto a cualquier pacto con la lógica)...

 Por otro lado, y aunque suene muy infantil todo esto, supongo que la muerte te pilla con el kung fu bajo, y es normal tener esa clase de pensamientos debilitados in extremis, con todos los miedos que has aprendido a reprimir junto con los esfínteres ya bien sueltos y atropellándose en la superficie de la conciencia. Llegado ese momento, tened por seguro que todos tendremos esta clase de ideas absurdas; todos deliraremos y suplicaremos hasta el final, con tal de apurar la colilla

 Pero, sobre todo, los ojos son el alma, ¡claro que sí! Son el lugar concreto de la subjetividad, el-islote-que-identificamos-con-nuestro-yo-en-este-océano-de-estímulos-que-es-la-realidad, y, al igual que no puedes fantasear sobre tu propia muerte sin desdoblarte, sin sobrevivirte, también es natural que no puedas imaginarte a ti mismo sin ojos, porque aún entonces estarías viéndote sin ellos (recordemos que, un poco más arriba, el tipo del testamento se imaginaba ya muerto, pero viendo desde fuera sus propios ojos en descomposición, ¿os acordáis?, fue hace un rato). Los ojos son lo último que querrías imaginarte perdiendo, ¡reconócelo, vamos, hinca bien adentro el mondadientes de la introspección! Te importa una mierda tu futuro cadáver; por ti como si lo atizan unos niños desnudos con un palo untado de tétanos, ¡pero cuidado!, los ojos, que nadie te los toque, ¿eh?

 Es tan fácil encariñarse con ellos, además: son tan vulnerables, tan fáciles de martirizar. Tienen esa consistencia blanda de órgano interno, sólo que a flor de piel (cosa que, por cierto, los emparenta con los genitales). Por lo demás, todo en ti  en la imagen interna que formas de tu cuerpo  es puro hueso, pura angulosidad, pura autodefensa contra el mundo, pero a los ojos, mientras no se inventen párpados de hueso, ¿quién los defenderá? ¡Y más cuando ya no estés tú para protegerlos! (Otra opción para el tipo este, un compromiso menos macabro: pedir que le tapen los ojos con sus propias manos, que le crucen las manos no sobre el pecho, sino sobre la cara. Jugando al escondite con sus amiguitos del más acá, ¿eh? ¿Qué tal eso?)

 También puede haber otras motivaciones, ya más discutibles, detrás de esta petición. Puede que además el tipo esté pensando en los familiares y amigos que le sobrevivirán: visión de espanto de los asistentes cuando el personal de la funeraria, acostumbrado a caprichos post mortem mucho más retorcidos, proceda con toda naturalidad a salarle los globos: "¡Le están salando los globos a mi papá!" (pero no, ¡claro que no!, ¿cómo van a dejarle presenciar el arreglo del cadáver a la familia?). Y visión de espanto mucho mayor después, con el cadáver ya sepultado y descompuesto, porque no podrán dejar de imaginarse al esqueleto con los ojos perfectamente conservados. Ese brillo opaco perforando las tinieblas de la fosa, esa mirada inerte que ya nunca dejará de seguirles: "Lo siento, cariño, no puedo. Siento que mi padre nos está mirando" "Pero... ¿no estaba muerto?". Como sabéis, en todo moribundo anidan un voyeur y un sádico.

 Por cierto, aquí vemos a un ciego gastando una macabra bromita a los clientes de un restaurante: "Me salo los globos públicamente, porque puedo, porque de todos modos ya es demasiado tarde, porque tampoco es como si me estuviese contraindicado. ¡Puedo ir incluso más lejos, si me apetece! ¡Me los puedo azotar con un minilátigo si me sale de los cojones! ¡Me los puedo pellizcar y darles capirotazos! ¡Me los puedo incluso peinar!, ¿entendéis?, ¡peinarlos con un minipeine de bigote, un peinecito de púas bien duras y afiladas! ¿Qué más me da ya? ¿Quién me lo puede impedir? ¿Quién le va a negar este capricho a un ciego? Buen provecho, cabrones". Como sabéis, en todo ciego anidan un exhibicionista y un sádico.



Cuarentena


Luis tiene una rara enfermedad congénita.
Los médicos le han prohibido terminantemente* salir de casa. 
Nunca ha visto a nadie.

 * por teléfono

Adultos deprimentes #12: Secta


 Acertijos crujientes y anaranjados, rizados como torniquetes. ¿Quién secuestra a quién? ¿Qué representan las tijeras? ¿Por qué sigue el tipo con la bolsa ya en la calle? ¿Y a qué coño viene Secta y no – por decir algo – Semen negro, o Ménage à 0, o Tarro de lenguas.es?

 ¡Todas las respuestas y mucho más en www.cheetos.com!

Bromitas macabras #1-3

 ¿Es posible reírse de todo? No, no daría tiempo. Tres piezas fáciles, rascando risas donde otros tan sólo verían sarampión y coles de Bruselas.





Adultos deprimentes #11: El mundo de la televisión


  Desvelamos uno de los secretos mejor guardados de la industria del entretenimiento. ¿Cómo suena un televisor cuando no hay nadie mirando? El restaurante chino era una tapadera, sí, pero una tapadera de nada: detrás de la puerta donde pone "PRIVADO" sólo había una inmensa habitación vacía que olía a dinero quemado.

Adultos lascivos #0: Génesis


 Coincidiendo con el aniversario de la creación del universo, Canódromo Abandonado nos brinda una sacrílega cosmogonía de bolsillo. ¡Cuánto desenfado, cuánta irreverencia!

 Una paja al borde del abismo. Un adolescente distraído salpica de semen la nada y nos desahucia a todos de ningún lado. La paja lo ha dejado rendido (si postulamos una línea temporal infinita, y la corrida interviene en un punto P – un 5 de agosto concretamente –, entonces hay que admitir que lleva una eternidad – la eternidad, ¡cuidado! – pajeándose, y es natural que acabe agotado, ¿o no?), y ya nunca vuelve a tocarse, comprometiendo la supervivencia del universo. Un Big Bang juvenil y huidizo, de piel problemática.

Adultos esotéricos #4: Fueron a por tabaco

 Un poco de jazz, para ir calentando:

 Un niño con un antojo en el muslo en forma de contrabajo desayuna todas las mañanas en la misma cafetería que yo. Él no sabe que existo, pero yo lo llamo mi pequeño Charlie Mingus.

 En la misma cafetería desayuna siempre un ama de casa con terrores nocturnos relacionados con un piano. No nos conocemos, pero yo la llamo mi pequeña Thelonius Monk.

 También un dermatólogo cuya hermana – con la que no se habla – se acostó una noche con un saxofonista. Yo lo llamo mi pequeño John Coltrane.

 No se conocen entre sí, y ninguno sabe de la existencia de los demás. Tengo entendido que es difícil, pero quiero aprender a tocar la batería, y formar con ellos un cuarteto de jazz, un pequeño cuarteto de barrio sin pretensiones.

 Y ahora el vídeo: