El mejor masturbador del mundo

 Un tipo solitario pasa los fines de semana en el campo pajeándose con nubes que recuerdan cuerpos de mujer. Puede estar horas enteras tumbado en la hierba, desbraguetado y rabo en mano, esperando que asome algo vagamente antropomórfico, y cuando hay suerte tiene que ser extremadamente rápido (no siempre consigue terminar antes de que el muslo se haya convertido, por ejemplo, en una raqueta de tenis, y vuelta a esperar). A fuerza de concentrarse, acaba desarrollando la capacidad de excitarse con formas cada vez más abstractas, partes de partes de cuerpo, pantallas vacías donde proyecta las fantasías más guarras, como un Internet para ciegos: un amago de teta, el nacimiento de un muslo, un tobillo descontextualizado, un triángulo incluso. Es un masturbador megalómano, capaz de dar forma a lo más amorfo, de erotizar lo inerotizable. Hay momentos en los que se convence de que es él mismo quien genera las nubes a lechazos. Otras veces sueña con la tormenta del siglo, un harén de nubarrones fellinianos que lo fulminen de un rayo en pleno clímax.

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