El mejor masturbador del mundo

 Un tipo solitario pasa los fines de semana en el campo pajeándose con nubes que recuerdan cuerpos de mujer. Puede estar horas enteras tumbado en la hierba, desbraguetado y rabo en mano, esperando que asome algo vagamente antropomórfico, y cuando hay suerte tiene que ser extremadamente rápido (no siempre consigue terminar antes de que el muslo se haya convertido, por ejemplo, en una raqueta de tenis, y vuelta a esperar). A fuerza de concentrarse, acaba desarrollando la capacidad de excitarse con formas cada vez más abstractas, partes de partes de cuerpo, pantallas vacías donde proyecta las fantasías más guarras, como un Internet para ciegos: un amago de teta, el nacimiento de un muslo, un tobillo descontextualizado, un triángulo incluso. Es un masturbador megalómano, capaz de dar forma a lo más amorfo, de erotizar lo inerotizable. Hay momentos en los que se convence de que es él mismo quien genera las nubes a lechazos. Otras veces sueña con la tormenta del siglo, un harén de nubarrones fellinianos que lo fulminen de un rayo en pleno clímax.

Un milagro de mierda

 Vas andando por la calle (¡no , idiota!, cualquier individuo) y te encuentras un zurullo con un nudo. Un zurullo normal de perro, blando y tirando a ocre, pero da lo mismo: alguien ha conseguido hacerle un nudo sin que se le desmenuce entre los dedos. Un loco, desde luego, pero con un poder inédito sobre la materia, una especie de Uri Geller fecal. La mierda no tardará en biodegradarse al sol como un vampiro, pero no quita que, en esa pequeña porción de tiempo, en esa pequeña porción de acera, alguien le ha hecho un lacito al curso de la naturaleza. Nada de esos milagros espectaculares de forzudo, tipo partir el mar en dos, sino un milagro lo-fi, peatonal, humilde, un milagro de suelo.

Soluciones papales

 El Papa pasa delante de una tienda de zapatos y se fija en unos de mujer, ¡pero de refilón!, sin hacerles mayor caso. Va a pasar de largo cuando se le ocurre que no sería pecado comprarlos; no para ponérselos luego ni nada por el estilo, sólo por comprarlos, porque puede, el Papa puede, claro, ¿por qué no? (aunque en sí tampoco habría nada malo en que el Papa llevase zapatos de mujer, zapatos de tacón muy alto incluso, siempre y cuando no fuese en un contexto erótico: por ej. si fuera el único calzado disponible e hiciera demasiado frío para andar descalzo). Entra a comprárselos, pero al ir a pagar a la caja se arrepiente, porque hacer las cosas sólo por hacerlas es un acto de orgullo, mucho peor que, en este caso, probarse unos zapatos de mujer. Aún así decide llevárselos y los guarda siempre para recordar el incidente, en plan penitencia. Puede que ahora mismo los esté mirando.


Perfección, la nueva meta



Antes nos conformábamos con que las cosas saliesen bien. Vivir bien. El vehículo bien. La cognición bien. Bien los animales. Pero ahora podemos apuntar a un nuevo objetivo. Un nuevo objetivo para una nueva generación. ¿Te vas a quedar atrás como un imbécil?

Mosquitos guapos



Exterminé al insecto más atractivo del mundo. Lo exterminé, con esta mano.